Huasipungo

Huasipungo es una novela escrita en 1934 por el autor ecuatoriano Jorge Icaza. Su primera edición data de ese mismo año, por la Imprenta Nacional. Ha sido reconocida internacionalmente por su contenido de denuncia, lo cual no la ha mantenido libre de polémica.

Algunos personajes principales

La historia de Huasipungo tiene dos personajes fundamentales: el indio Andrés Chiliquinga, trabajador de hacienda, y el patrón Don Alfonso Pereira, dueño de la hacienda. Julio Pereira es tío de Alfonso, además de ser acreedor del mismo. Uno de los personajes “El Cura” representa el poder de la Iglesia en la región, con todos sus defectos. Mr. Chappy es un estadounidense que representa un poder económico venido de afuera. Cunshi, mujer de Andrés, representa el estrato más humilde y desvalido de esa sociedad.

Género de la obra

Huasipungo se considera un ejemplo clásico de literatura indigenista, que fue el vehículo preferente de los autores latinoamericanos para plasmar la realidad del continente, hasta la irrupción del realismo mágico. En estas novelas se pone en evidencia la realidad de la manera en que vivían, no sólo los indios, sino en general los estratos más humildes de la sociedad.

Resumen del libro Huasipungo

En Ecuador de principios del siglo XX, la actividad agropecuaria se desarrollaba en las fértiles tierras de la serranía andina. La mano de obra para las haciendas estaba constituida principalmente por indios, que se alojaban con sus familias en humildes chozas que disponían de una porción de terreno que cultivaban para el patrón, a cambio del derecho de estar alojados allí y adquirir sus víveres en el almacén de la hacienda. Cada una de estas unidades recibía el nombre de “Huasipungo”.

Una de estas haciendas era propiedad de Don Alfonso Pereira, hacendado que enfrentaba problemas de deudas con diversos acreedores. La presión de estos, entre quienes se contaba su tío Julio, hace que Alfonso considere la idea de permitir que una compañía petrolera estadounidense busque petróleo en su propiedad. Al fin y al cabo, Alfonso prefería la vida en la ciudad que en la hacienda. Por otro lado, Lolita, su hija adolescente, estaba embarazada de un mestizo de los llamados “cholos”.

La empresa petrolera necesita una vía de acceso al territorio, por lo que Alfonso convence a la población de la conveniencia de una carretera. Esto trae más trabajo para los indios, además de desalojos. Los indios entonces comienzan a experimentar una vida aún más dura de lo que ya conocían. No encuentran apoyo en ningún sector de la población blanca; ni siquiera en el cura, que por el contrario exhibe un comportamiento corrupto.

Las condiciones de vida de los indios se narran con horrendo detalle: niños que pasan el día entre sus propias heces, castigos brutales, personas que tienen que trabajar aún estando heridos o enfermos, y la práctica del derecho de pernada, son una constante. El hambre llegó a tales niveles, que un grupo de indígenas desentierra el cadáver podrido de un buey, para comérselo; como consecuencia, la mujer de Andrés, que comió del animal, muere.

Al estar lista la carretera, los indios creen por un momento que llegaría su salvación, pero por el contrario, son desalojados, de nuevo brutalmente, hacia la montaña, donde la tierra no es fértil y estarán a merced de las crecidas. Los huangos serán derribados para levantar las residencias de los gringos.

Los indios intentan rebelarse contra este nuevo y definitivo atropello, y de hecho logran levantarse furiosos; pero Alfonso pide ayuda a su tío Julio, que logra enviar soldados a la hacienda para contener la rebelión. Los indios alzados son replegados hasta la choza en el huasipungo de Andrés, donde viven sus últimos minutos antes de ser arrasados. Poco después, vendrá la maquinaria que iniciará los trabajos.

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